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Ulrich Seidl cierra la trilogía Paraíso con la película Paraíso: Esperanza (2013), que actualmente se exhibe en la 55 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. El último retrato femenino de la triada del austriaco corresponde a una adolescente de trece años que asiste a un campamento para bajar de peso.

La visión de Seidl, un tratamiento documental a través de las imágenes del cinefotógrafo Edward Lachman (Vírgenes suicidas, Sofia Coppola, 1999; Lejos del cielo, Todd Haynes, 2002), es la del desencanto. Melanie es una chica aparentemente inexpresiva que se enamora del médico que asiste el campamento, un hombre maduro. La simetría y formalidad del lenguaje visual se contrapone con los conflictos de la protagonista.

Al conocer los dos filmes previos del creador, se puede argumentar que Melanie es una versión previa de su madre, la vacacionista en Kenia de Paraíso: Amor (2012); y de su tía, la fanática religiosa de Paraíso: Fe (2012). Estas mujeres buscan la aceptación de una figura masculina que trasciende la idea del amor, y que representa la sujeción económica, religiosa y familiar, correspondiéndose con la cronología de las películas. Cada una de las historias, sin embargo, plantea gran número de contradicciones. En Paraíso: Esperanza, Melanie siente atracción por la figura experimentada del médico, que en lugar de proveer de seguridad a los adolescentes obesos, funge como una autoridad que abusa de sus facultades: seduce a la adolescente.

Los relatos de Seidl están lejos de las aspiraciones artísticas o intelectuales de la clase media de Austria que, a juzgar por los demás personajes de la película, está compuesta por una gran cantidad de familias donde los padres están separados. Melanie, sometida a un régimen alimenticio y a una rutina de ejercicios engorrosa, manifiesta la crisis, necesaria, de la estructura familiar, una tensión propia de la adolescencia. Ante la decepción amorosa, donde la imagen experimentada del médico detiene sus avances, la chica busca a su madre, con la que no logra comunicarse.

Los filmes del austriaco son fieles a sí mismos, no hay ninguna lección moral; presentan cómo las estructuras se enraízan como una condición que evidencia su falta de eficacia en contener y satisfacer las necesidades del ser humano; algo que está presente en el trabajo de Lachman, casi especializado en trasladar el desencanto de los personajes que ha retratado en imágenes de tonos verdosos y contenidos, melancólicos, casi fuera de la normalidad.

por @CarlKarlRoNa

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