Verónica es una joven que registra (a través de una grabadora de voz) y narra su propia historia. Estudia psiquiatría y vive con su padre que, eventualmente, iniciará el deterioro físico propio de la vejez. El director brasileño Marcelo Gomes muestra el poder narrativo del cine en Érase una vez yo, Verónica: un creador tiene el control, en contraste con la realidad, de alterar los hechos, o inventarlos, para contarlos de la forma que mejor considere.

‘Una película que inicie en mi cabeza’, dice la protagonista como reinterpretación de su experiencia; conforme Verónica se adentre en la absorbente realidad de un hospital psiquiátrico, en el que ‘sólo prescribe medicamentos’, y avancen los malestares de su padre, mermará su estabilidad.

Gomes muestra con gran sensualidad la sutil crisis de su personaje femenino. Exento de exageración, el malestar de la protagonista está en los rostros de sus pacientes, algunos no pueden dormir, otros siempre están fatigados o reticentes a hablar; en la cara de su padre enfermo; en el abandono de la casa que habita, a razón de las fallas de su construcción; y en un hombre que dice quererla, aunque ella sólo comparta una parte de su sexualidad con él.

Hay un componente importante en la historia: el mar como refugio, el agua como símbolo de movimiento y cambio, en la que se puede reposar y flotar. Érase una vez yo, Verónica, parte de la 55 Muestra, y que ganó una mención en el Festival de Cine de San Sebastián en el 2012, ejemplifica el poder del autor-narrador en el cine.

Por CarlKarlRoNa

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