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Gloria, película de Sebastián Lelio, muestra una cara interesante del cine chileno actual, del cual todavía permanece la buena impresión que causó No, film de Pablo Larraín sobre el referéndum de 1988 en Chile. No es extraño que Larraín, figura importante del panorama del cine chileno, director de Tony Manero (2008) y Post Mortem (2010), sea uno de los productores de Gloria.

La película de Lelio presenta a una mujer de unos 50 años, separada y con hijos fuera del hogar que vive con gran optimismo su soledad. Asiste a bailes en busca de una pareja. Gloria, que canta viejas piezas de desamor mientras maneja su auto, es feliz, excepto por el gato, propiedad de su vecino, que invade su casa. Cuando conoce a Rodolfo, un señor separado y decidido a cambiar su vida, llega la ilusión y el enfrentamiento de sus distintas formas de pensar y relacionarse.

En el cine latinoamericano reciente hay pocos retratos femeninos. La mexicana El premio, de Paula Markovitch, y la chilena La nana (2009), de Sebastián Silva, son buenos ejemplos, que recorrieron festivales y muestras de cine de diversos países, de películas que presentan a mujeres en contextos específicos, ambas están marcadas por la opresión. Gloria es sobre todo el retrato de una madura citadina y sola que ha alcanzado el grado de satisfacción de la clase media: un trabajo seguro, así como la monotonía y soledad que esto conlleva, y sin las complicaciones de la dependencia económica de alguien más.

Paulina García, su protagonista, ganó el premio de interpretación femenina en la Berlinale 2013 por su composición de Gloria, personaje que vive una evolución visible y coherente, y que camina hacia la soledad, aunque sin quejas o exceso de lamentos. Las imágenes de Lelio construyen una película que no recurre a historias ajenas ni exacerbadas, sino a la cotidianidad de una ciudad y el ensayo, infructuoso, de romper el aislamiento.

Gloria se presenta actualmente en la 55 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional.

por @CarlKarlRoNa

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