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La película Alps, los suplantadores, del director griego Yorgos Lanthimos, reflexiona sobre la percepción y los mecanismos de la representación. El creador ensambla un juego cuya advertencia se difumina conforme avanza la película: Alps es un grupo que ofrece servicios a personas que han sufrido una pérdida; algún integrante del colectivo puede actuar y vestirse como un difunto con el objetivo de hacer más llevadera la pérdida. No hay engaño, es mera una ficción.

A diferencia de otras historias enmarcadas en la representación (como El cisne negro, de Darren Aronofsky), Lanthimos no explora lo obvio, la veta psicológica de los personajes, de quienes deja en sombra de duda la veracidad de sus actos –no se sabe si son reales o meras simulaciones. Por el contrario, se acerca a las fronteras, cada vez más borrosas, entre los mecanismos del teatro, el performance y el cine. ¿Está de verdad pasando lo que se ve en la pantalla?

Un ejemplo: las películas de terror. El éxito de estos filmes consiste en la excitación que produce un ambiente de seguridad desde el que se ven actos perturbadores. No hay riesgo; lo mismo ocurre con el teatro, todo es ficción, no así con el performance, donde su condición es la espontaneidad. ¿Qué pasa cuando se mezclan estas prácticas?

Lanthimos hace que el espectador se pregunte por la veracidad de los hechos, desplazando a los personajes a un segundo plano, tal como hace con el lenguaje visual que utiliza en varias secuencias, con poca profundidad de campo y con un punto de fuga en el que no está ningún actor. Las sensaciones de la película de Lanthimos son distintas en el panorama del cine actual, produce la desazón de lo que ocurre frente a un condicionamiento que obliga a acatar las órdenes del que dirige la representación.

por @CarlKarlRoNa

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