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¿Qué hace diferente a la prostitución que se ejerce en Bangkok, Bangladesh y Tamaulipas? Quizá una gran diferencia sean las tarifas que se establezcan para una actividad de este tipo, pero son también esos pequeños detalles los que muestran lo ajeno y cercano que pueden ser tres regiones tan diversas, en las que la mercantilización del sexo ha sido una actividad casi milenaria.

Observaremos el comercio sexual en diferentes estilos, primero un escaparate, como el de cualquier cadena comercial, exhibiendo un producto en venta al mejor postor, así es como opera la “Pecera” en Bangkok, lugar donde el rigor y el orden para la prostitución, es casi como el de un corporativo transnacional, existe un horario y se ofrece un producto, y se garantiza su calidad o se promete la devolución de su dinero.

Con un cumulo de exóticas bellezas orientales, maquilladas y vestidas para destacar su innegable y floreciente belleza, iniciamos el primero de tres recorridos que se harán en esta película. La dinámica en “La Pecera” es sencilla, un cliente observa, elige y un intermediario concreta el acuerdo, en cuestión de segundos caminan juntos hacia la soledad de un cuarto en el que no pasaran más de horas para concluir el arreglo. La jornada laboral concluye y algunas de sus “obreras”, con más suerte en este día, irán de compras o acudirán al bar donde ahora ellas son las que adquieren y disfrutan de la “renta” de algún joven.

Muchas de estas chicas, al ser entrevistadas comentarán algunas de las razones que las llevaron a esta actividad, desde la ausencia y aburrimiento escolar, hasta el ocio y la inactividad que las lleva a realizar cierta clase de trabajos que, al menos ellas así lo dicen, serán sólo de una temporada.

Caso muy opuesto es el que se muestra en la llamada ciudad de la Alegría, en Bangladesh, donde el hacinamiento y la insalubridad dan un toque aún más depresivo para las deplorables condiciones en las que deben conseguir un cliente las mujeres de esta región.

Con el estilo clásico, donde una matrona es la encargada de conseguir nuevas integrantes para aleccionarlas y explotarlas, es como vemos que se desarrolla la prostitución en lo que parecen cuevas o viviendas sumergidas en pequeñas ciudades de miseria y desequilibrio social; condiciones que, aunadas a la iniciación que viven muchas de sus trabajadoras, producen en el espectador una sensación de asco y tristeza al descubrir las peores y más crueles formas de explotación de la mujer por la misma mujer.

Observamos la lucha y disputa que provoca el conseguir un posible cliente, el regateo y el trato de mujeres que lucen angustiadas por sólo contabilizar entre 8 ó 10 clientes en un día, y de cómo esto no les dejará ninguna ganancia al repartir sus respectivas comisiones y apenas lograr tener un poco de dinero para sobrevivir en estas condiciones de pseudo-esclavismo, donde comportamientos de violencia y bestialidad son asumidos con normalidad. Un desesperanzador panorama para las casi niñas de entre los 13 y 15 años, donde su ciclo de vida se reduce a convertirse en una mercancía que está en manos de otros.

Muy ajeno a estas dos historias es el caso de Reynosa, Tamaulipas. Entre el folklor, la infaltable dosis de humor y el casi histriónico accionar de las obreras del sexo en esta región, observamos que este último caso puede provocar desde una sonrisa, hasta la pena y el asco de lo observado.

Ubicado en medio de la nada, la prostitución no varía a los ejemplos anteriores; pequeñas cabañas reciben a los “visitantes” y ellas se muestran para atraer a los consumistas habidos de un poco de sexo antes de continuar con su camino. El bar “la Chamba” ofrece música y compañía para aquellos que desean un poco de baile, sin embargo sólo observamos a dos “compañeras” de trabajo bebiendo y cantando entre las mesas y sillas vacías.

Conocemos un poco el accionar de algunas de las prostitutas, su preparación antes de comenzar con la jornada laboral, su devoción religiosa al siempre atractivo culto a la Santa Muerte; atracción que se desata sobre todo para el europeo burgués que mira a través de su lente la ajena realidad que analiza. Conocemos un poco de la vida de aquellas que lo permiten, sus “amores” y anécdotas; aquellas que han “laborado” en casi todo México con clientes de todos los continentes, logrando así la utópica globalización sexual.

Es en este último fragmento del documental donde surge el tema de las adicciones, del estilo de vida vinculado al consumo de drogas duras y baratas, aquellas que borran la autoestima y la voluntad de quien las consume. Pareciera que al final somos testigos de algo muy sutil, muy sencillo y hasta aislado de lo que vimos en Bangladesh y Bangkok, y posiblemente sean mínimas las similitudes entre estos tres relatos; quizá sólo coincidan en mostrar las historias de mujeres, contadas por esas mismas mujeres y explotadas entre esas mismas mujeres; que a lo largo del documental entendemos la innegable fama que suscitan en una actividad que se cataloga como una de las más antiguas que ha realizado la humanidad.

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