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La ruptura (1970) constituye un experimento narrativo del cineasta francés Claude Chabrol, que usa los extremos de su película, inicio y desenlace, como una representación sobre la debilidad del equilibrio.

La ruptura inicia de forma violenta, como pocas películas en la historia del cine: Hélène (Stéphane Audran) sirve el desayuno a su pequeño hijo; Charles (Jean Claude Drouot), su esposo, y padre del niño, sale de una habitación, golpea a la mujer sin motivo, hace volar por los aires al pequeño. Hélène lo aporra con una sartén.

El desequilibrio se esconde bien bajo las capas del control y la apariencia, Chabrol fue un maestro en revelar la forma en que la normalidad se quiebra, y domina, en un instante. Ese fue su tema favorito, no sólo una radiografía de la burguesía, como se afirma, sus temas no se limitan, por ejemplo en El carnicero o El Corazón de la mentira, que transcurren en la provincia francesa, lejos del lujo de la ciudad.

La insistencia de Chabrol en plantear una película que en su desarrollo no tiene un ritmo vertiginoso se interpreta como una manera de romper con la narrativa clásica a favor de expresar los temas de la película, la anormalidad y el desequilibrio, como maneras de entrada o salida de los procesos humanos.

El film retrata un pleito sobre la custodia del hijo; el padre de Charles (Michel Bouquet, esposo en La mujer infiel) busca a toda costa separar al niño de su madre, valiéndose de Paul (Jean Pierre Cassel), un desobligado en apuros, hurgando en el pasado de Hélène como bailarina exótica.

La ruptura no descubre nada de sus personajes, sólo los muestra en situaciones donde su centro se trastoca con consecuencias que no resultan terribles para todos, sino, más bien, pasajeras, aunque con una fuerza argumentativa potente. Chabrol era un genio.

Desde el punto de vista psicoanalítico, en Paul predomina el ello, el principio del placer, siempre ríe a carcajadas y aparece con una mujer desnuda, está dispuesto a no esforzarse demasiado, pero desea una vida desocupada; el superyó es el padre de Charles, una figura de autoridad, encargada de preservar el prestigio de su familia, intenta salvar a su nieto de las garras de lo amoral; el abogado de Hélène podría representar el yo, aquel ente del aparato psíquico que mantiene la armonía entre el placer y la obligación, es una figura centrada y de apoyo para la protagonista.

Hélène está en medio de un mundo masculino, recibe los impactos, que serán mostrados de forma sutil en el desarrollo del film, de cada personaje. Y también está Charles, un hombre dominado por sinrazón desde que aparece al inicio del film.

Surge una pregunta. La idea de locura parte de la salud, la normalidad y el desequilibrio, aunque esta no sólo se basa en un planteamiento fisiológico y psiquiátrico, es una construcción social, algo que asalta a todos los personajes de la filmografía de Chabrol, nutrida del imaginario fílmico de Alfred Hitchcock.

¿Qué es la locura?, ¿qué es el equilibrio?, ¿por qué en un segundo cualquier hombre puede dañar otro? El equilibrio se pierde fácil, basta el consumo de sustancias, la represión/ejecución de la ira, el odio, el miedo, la venganza, la sinrazón, etcétera.

La normalidad se resquebraja fácil, su concepto es un consenso social.

“La locura revela la verdad del sujeto”, dice la investigadora Leticia Flores Flores en su texto La locura y el psicoanálisis en los tiempos modernos; justo lo que ocurre en el final de La ruptura.

El otro extremo del film de Chabrol, su desenlace, anula el supuesto equilibrio de Hélène, expuesta a los tres poderes que forman el aparato psíquico; Paul, de forma secreta, disuelve una sustancia en la bebida de la protagonista, la realidad comienza a distorsionarse, alcanza, por un segundo, a comprender que su visión del mundo se altera.

La fotografía de Jean Rabier cambia, se empaña, los colores se alteran según Hélène observa el parque, a personas, al vendedor de globos, a quien ve como Dios, los globos son sus ángeles… Su equilibrio está roto, una sustancia modificó su percepción; el juego maestro de Chabrol es inofensivo, Hélène no puede olvidar a su hijo ni en ese estado; en medio de su repentina locura va en su búsqueda; Paul mata a Charles, el placer se une a la locura, se funden, constituyen unidad.

Hélène sale de la casa, observa el cielo, creer en las señales puede interpretarse como una especie de distorsión, así que Chabrol nos regala la imagen de un globo-ángel que simboliza su salvación, el equilibrio se balancea de nuevo.

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