Ojos bien cerrados, hipótesis no comprobada

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Ojos bien cerrados (1999), de Stanley Kubrick, trasciende la historia amorosa de un matrimonio infeliz para explorar lo que subyace en las apariencias. Kubrick plantea un extrañamiento de la realidad en una Navidad neoyorquina. La compulsión propia de la época, que afirma la pasión por la felicidad y el bienestar, se convierte en duda. La película explora la verdad. El Dr. William Harford, interpretado por Tom Cruise, intenta conocer la causa de diversos acontecimientos -la infelicidad de su esposa; la causa de muerte de una mujer que lo protege en la reunión de una presumible secta, en la que todos ocultan su identidad con máscaras- a través de insinuaciones y conjeturas que se convierten en obsesión. Como Antonioni en Blow Up (1966), Kubrick escudriña los hechos que intrigan al protagonista y espectador para conocer la verdad, aunque esta es demasiado amplia (en el caso del italiano) o peligrosa (en el filme de Kubrick) para aprehenderse. El director estadounidense sustenta una sospecha en la apariencia, enuncia una hipótesis que no tiene comprobación.

 

por @CarlKarlRoNA

Más allá de la superficie: La vida de Adèle

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Recientemente he visto películas cuyo arco narrativo supera la media de duración. El gatopardo (1963), de Luchino Visconti; Heaven’s Gate (1980), de Michael Cimino, y El lobo de Wall Street (2013), de Martin Scorsese, son filmes que, al igual que La vida de Adèle Capítulos 1 & 2 (2013), de Abdellatif Kechiche, que hoy se estrenó en los cines de México, narran una historia en tres horas. Todas estas obras acompañan a un personaje cuya evolución es notable, no se limitan a los puntos altos y bajos, sino que ahondan en lo que se encuentra en medio de estos.

El espectador observa a Adèle, que lee en el Liceo un pasaje de La vida de Marianne, de Marivaux, sobre el encuentro fugaz del amor, en sus actividades cotidianas. Aunque de una belleza exquisita, la chica no vive en el mundo idílico de la Francia cinematográfica. La intención de Kechiche es escudriñar su vida y no distraer la atención con otros elementos.

Adèle realiza muchas cosas antes de la aparición de Emma, la chica de cabello azul de la que se enamora al cruzar una calle. El público acompaña a la protagonista a la escuela, la observa dormir, comer, leer, pasar tiempo con su familia, salir con un compañero de escuela, tener relaciones sexuales con él, besarse con una chica en unas escaleras, etc.

El filme no es sólo una película sobre el amor. Kechiche establece las diferencias entre Adéle y Emma para representar dos ideologías y, de paso, anunciar el fracaso al que está condenada su relación. Emma es segura, determinante y cerebral; Adèle, en sentido contrario, es tímida, complaciente y sensual. Estas dos visiones de la vida se funden en una pasión compartida. Las secuencias de sus encuentros sexuales apoyan la función del espectador como testigo; sin embargo, su duración consigue abrumar, sensación que, sospecho, es la intención del director al adentrarse, sin limitaciones, en la vida del personaje y sobrepasar la superficie.

(Cuando vi el filme, programado en 55 Muestra, pensé que la tendencia del cine actual es reclamar su capacidad narrativa ante los celebrados megafilmes; ahora reflexiono y sé que esa posibilidad ya se había explorado).

La puntual visión de Kechiche, que muestra la transformación de la vida de Adèle, que incluye la separación de su familia, su incursión en el mundo laboral, su rol de soporte para el encumbramiento de Emma como una prominente artista, que, infructuosamente, intenta que su compañera explote sus dotes creativas, mantiene su cometido: narrar la afectación de la protagonista como si se tratara de una novela de gran extensión.

La vida de Adèle, ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2013, se distingue: está en contracorriente a los filmes que restringen su arco narrativo y que exigen poca astucia y paciencia al espectador.

por @CarlKarlRoNa

Her, grisáceo colorido

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El colorido de Her, de Spike Jonze, me hace pensar en lo grisáceo. El director usa el artificio multicolor, que alude al bienestar y la inclusión, para mostrar la historia de un personaje solitario, sin voluntad, que confunde la experiencia con la simulación.

Her, que a estas alturas debe ser la delicia de una generación desencantada del desequilibrio entre el desarrollo tecnológico y la escasa oferta de empleo, presenta a Theodore, interpretado por Joaquin Phoenix, un hombre temeroso y sin ninguna aspiración, varado en un proceso de divorcio, que se enamora de Samantha, su sistema operativo, a quien da voz Scarlett Johansson.

Jonze no sólo expone el conflicto entre realidad y virtualidad, frecuente en quienes nacieron a finales de la década de los setenta. La película muestra el potencial de control que tiene la tecnología, y quienes la manejan. Theo realiza simulacros de amistad y amor con su sistema operativo, depende de este.

El planteamiento de la película es actual. La tecnología de los teléfonos inteligentes y los sistemas operativos son una constante en la necesidad de la comunicación pasiva, sin riesgos, que capitalizan las compañías tecnológicas y de comunicación.

por @CarlKarlRoNa

 

Lore: el final de la inocencia

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Lore (2012), segunda película de la australiana Cate Shortland, es un filme que presenta el desencanto de una chica al crecer mientras los Aliados avanzan por la Alemania al término de la Segunda Guerra Mundial. Con elementos característicos de los cuentos de hadas -un bosque, un compañero protector y el despertar sexual- la directora muestra el perturbador enfrentamiento de la protagonista con su realidad.

Con el suicidio de Hitler, los padres de Lore destruyen cualquier evidencia de su apoyo al partido nacionalsocialista. Padre y madre huyen por caminos desiguales, temerosos de su persecución. Encomiendan a Lore llevar a sus cuatro hermanos menores a la casa de su abuela. En su recorrido, en el que intercambia objetos a cambio de comida y morada, observa cómo la imagen de Hitler, figura de autoridad y protección, desaparece de los muros de las casas.

Shortland no consume las imágenes de la destrucción, y, en consecuencia, evita que el espectador lo haga. La campiña no está en ruinas, aunque sí despoblada. Sus habitantes huyeron en busca de ayuda a la región alemana que ofreciera protección.

La película ahonda, con agudeza, en el antisemitismo. Un joven ofrece ayuda a Lore para llegar a su destino. Ella desconfía de sus intenciones, aunque, por otro lado, siente atracción por él. La situación se tensiona cuando ella descubre que es judío.

Lore vive la ruptura de la estructura nacionalsocialista, que proveía de seguridad a gran parte de la población, con desconocimiento. El filme explora una pregunta: ¿qué sabían los jóvenes y niños alemanes de lo que ocurría?

La secuencia final de la película -en la que la chica rompe un venado de porcelana, la única posesión que sobrevivió al viaje-, representa de forma sutil, y a la vez violenta, su último vínculo con la inocencia.

53 veces Julianne Moore

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Julianne Moore es, de entre todas las actrices de Estados Unidos, única. Nunca ha sido la protagonista absoluta (varios de sus mejores roles son de soporte) ni su belleza ha obstaculizado su desempeño. Moore es marca de Hollywood y emblema de un cine comprometido. A los 53 años, hoy cumplidos, está en Los juegos del hambre y en Maps to the Stars, la próxima película de David Cronenberg.

La pelirroja ha sido dirigida por Robert Altman, Louis Malle, Todd Haynes, Steven Spielberg, Paul Thomas Anderson, Ethan y Joel Coen, Gus Van Sant, Neill Jordan, Ridley Scott, Steven Daldry, Alfonso Cuarón, Tom Ford, Atom Egoyan y Croneneberg, entre otros. Especialmente resaltan las películas que ha hecho para Anderson y Haynes.

Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999), dirigidas por Anderson, le dieron a Moore la oportunidad de desarrollar papeles complejos en un universo de historias. Una madre, adicta y estrella porno en los setenta, a la que han alejado de su hijo; y una joven, contradictoria y suicida, que se arrepiente de su matrimonio con un anciano adinerado, han sido momentos clave en su filmografía.

Con Haynes, de quien es su musa, hizo Safe (1995) y Lejos del cielo (2002). Dos relatos femeninos opuestos. Uno de ellos es un ama de casa que se enferma del mundo en el que vive, cualquier cosa que toca o huela la afecta severamente; en Lejos del cielo es otra ama de casa, aunque en la década de los 50, reprimida, casada con un homosexual y enamorada de su jardinero negro.

No exenta de los proyectos fallidos, y absurdos (Misteriosa obsesión, 2004; El color del crimen, 2006), Julianne Moore es una artista relevante y propositiva; siempre al servicio de los creadores.

por @CarlKarlRoNa 

Paraíso: Esperanza, de Ulrich Seidl, en la 55 Muestra

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Ulrich Seidl cierra la trilogía Paraíso con la película Paraíso: Esperanza (2013), que actualmente se exhibe en la 55 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. El último retrato femenino de la triada del austriaco corresponde a una adolescente de trece años que asiste a un campamento para bajar de peso.

La visión de Seidl, un tratamiento documental a través de las imágenes del cinefotógrafo Edward Lachman (Vírgenes suicidas, Sofia Coppola, 1999; Lejos del cielo, Todd Haynes, 2002), es la del desencanto. Melanie es una chica aparentemente inexpresiva que se enamora del médico que asiste el campamento, un hombre maduro. La simetría y formalidad del lenguaje visual se contrapone con los conflictos de la protagonista.

Al conocer los dos filmes previos del creador, se puede argumentar que Melanie es una versión previa de su madre, la vacacionista en Kenia de Paraíso: Amor (2012); y de su tía, la fanática religiosa de Paraíso: Fe (2012). Estas mujeres buscan la aceptación de una figura masculina que trasciende la idea del amor, y que representa la sujeción económica, religiosa y familiar, correspondiéndose con la cronología de las películas. Cada una de las historias, sin embargo, plantea gran número de contradicciones. En Paraíso: Esperanza, Melanie siente atracción por la figura experimentada del médico, que en lugar de proveer de seguridad a los adolescentes obesos, funge como una autoridad que abusa de sus facultades: seduce a la adolescente.

Los relatos de Seidl están lejos de las aspiraciones artísticas o intelectuales de la clase media de Austria que, a juzgar por los demás personajes de la película, está compuesta por una gran cantidad de familias donde los padres están separados. Melanie, sometida a un régimen alimenticio y a una rutina de ejercicios engorrosa, manifiesta la crisis, necesaria, de la estructura familiar, una tensión propia de la adolescencia. Ante la decepción amorosa, donde la imagen experimentada del médico detiene sus avances, la chica busca a su madre, con la que no logra comunicarse.

Los filmes del austriaco son fieles a sí mismos, no hay ninguna lección moral; presentan cómo las estructuras se enraízan como una condición que evidencia su falta de eficacia en contener y satisfacer las necesidades del ser humano; algo que está presente en el trabajo de Lachman, casi especializado en trasladar el desencanto de los personajes que ha retratado en imágenes de tonos verdosos y contenidos, melancólicos, casi fuera de la normalidad.

por @CarlKarlRoNa

Érase una vez yo, Verónica, de Marcelo Gomes, en la 55 Muestra

Verónica es una joven que registra (a través de una grabadora de voz) y narra su propia historia. Estudia psiquiatría y vive con su padre que, eventualmente, iniciará el deterioro físico propio de la vejez. El director brasileño Marcelo Gomes muestra el poder narrativo del cine en Érase una vez yo, Verónica: un creador tiene el control, en contraste con la realidad, de alterar los hechos, o inventarlos, para contarlos de la forma que mejor considere.

‘Una película que inicie en mi cabeza’, dice la protagonista como reinterpretación de su experiencia; conforme Verónica se adentre en la absorbente realidad de un hospital psiquiátrico, en el que ‘sólo prescribe medicamentos’, y avancen los malestares de su padre, mermará su estabilidad.

Gomes muestra con gran sensualidad la sutil crisis de su personaje femenino. Exento de exageración, el malestar de la protagonista está en los rostros de sus pacientes, algunos no pueden dormir, otros siempre están fatigados o reticentes a hablar; en la cara de su padre enfermo; en el abandono de la casa que habita, a razón de las fallas de su construcción; y en un hombre que dice quererla, aunque ella sólo comparta una parte de su sexualidad con él.

Hay un componente importante en la historia: el mar como refugio, el agua como símbolo de movimiento y cambio, en la que se puede reposar y flotar. Érase una vez yo, Verónica, parte de la 55 Muestra, y que ganó una mención en el Festival de Cine de San Sebastián en el 2012, ejemplifica el poder del autor-narrador en el cine.

Por CarlKarlRoNa

Gloria, de Sebastián Lelio, en la 55 Muestra

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Gloria, película de Sebastián Lelio, muestra una cara interesante del cine chileno actual, del cual todavía permanece la buena impresión que causó No, film de Pablo Larraín sobre el referéndum de 1988 en Chile. No es extraño que Larraín, figura importante del panorama del cine chileno, director de Tony Manero (2008) y Post Mortem (2010), sea uno de los productores de Gloria.

La película de Lelio presenta a una mujer de unos 50 años, separada y con hijos fuera del hogar que vive con gran optimismo su soledad. Asiste a bailes en busca de una pareja. Gloria, que canta viejas piezas de desamor mientras maneja su auto, es feliz, excepto por el gato, propiedad de su vecino, que invade su casa. Cuando conoce a Rodolfo, un señor separado y decidido a cambiar su vida, llega la ilusión y el enfrentamiento de sus distintas formas de pensar y relacionarse.

En el cine latinoamericano reciente hay pocos retratos femeninos. La mexicana El premio, de Paula Markovitch, y la chilena La nana (2009), de Sebastián Silva, son buenos ejemplos, que recorrieron festivales y muestras de cine de diversos países, de películas que presentan a mujeres en contextos específicos, ambas están marcadas por la opresión. Gloria es sobre todo el retrato de una madura citadina y sola que ha alcanzado el grado de satisfacción de la clase media: un trabajo seguro, así como la monotonía y soledad que esto conlleva, y sin las complicaciones de la dependencia económica de alguien más.

Paulina García, su protagonista, ganó el premio de interpretación femenina en la Berlinale 2013 por su composición de Gloria, personaje que vive una evolución visible y coherente, y que camina hacia la soledad, aunque sin quejas o exceso de lamentos. Las imágenes de Lelio construyen una película que no recurre a historias ajenas ni exacerbadas, sino a la cotidianidad de una ciudad y el ensayo, infructuoso, de romper el aislamiento.

Gloria se presenta actualmente en la 55 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional.

por @CarlKarlRoNa

Blue Jasmine, de Woody Allen, en la 55 Muestra

Al pensar en Blue Jasmine, filme de la 55 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, surge la pregunta: ¿Woody Allen es vanguardia? Allen es el cineasta de mayor edad, cumplirá 78 años el próximo 1 de diciembre, presente en esta edición, que exhibe las más recientes obras de Winding Refn, Kechiche, Seidl y Ozon, entre otros.

Jasmine es una película que oscila entre dos tiempos narrativos: el presente y el pasado, aunque bien diferenciados, no como ocurre con la melancolica Another Woman (1988), una de las mejores películas del director estadounidense.

Cate Blanchett es Jasmine, una mujer madura que ha perdido al esposo que le proveía de todos los caprichos y lujos que una mujer neoyorquina de película requiere. Jasmine es la primera mujer Allen sin pretensiones intelectuales, el director decidió hacer más cínica a su mujer prototipo, siempre nerviosa, contradictoria y cerebral. La protagonista se muda a San Francisco con su hermana, a la que detesta, para resistir la caída de su posición social.

Aunque Allen no muestra nada nuevo -el tema de la ambición está en buena parte de su filmografía (Crímenes y pecados, 1989; Match Point, 2005)-, es innegable, como siempre, su capacidad para construir personajes contradictorios y fascinantes. Blanchett realiza una actuación, la mejor desde su versión de Bob Dylan en I’m not There (2007), que se mueve entre los límites de la cordura y el desequilibrio psíquico.

Aunque es un film dramático, Allen no deja del todo la comedia, presente en la hermana de Jasmine, que interpreta Sally Hawkins, creando un híbrido que hace hincapié en el desequilibrio.

por @CarlKarlRoNa

Alps, los suplantadores, de Yorgos Lanthimos

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La película Alps, los suplantadores, del director griego Yorgos Lanthimos, reflexiona sobre la percepción y los mecanismos de la representación. El creador ensambla un juego cuya advertencia se difumina conforme avanza la película: Alps es un grupo que ofrece servicios a personas que han sufrido una pérdida; algún integrante del colectivo puede actuar y vestirse como un difunto con el objetivo de hacer más llevadera la pérdida. No hay engaño, es mera una ficción.

A diferencia de otras historias enmarcadas en la representación (como El cisne negro, de Darren Aronofsky), Lanthimos no explora lo obvio, la veta psicológica de los personajes, de quienes deja en sombra de duda la veracidad de sus actos –no se sabe si son reales o meras simulaciones. Por el contrario, se acerca a las fronteras, cada vez más borrosas, entre los mecanismos del teatro, el performance y el cine. ¿Está de verdad pasando lo que se ve en la pantalla?

Un ejemplo: las películas de terror. El éxito de estos filmes consiste en la excitación que produce un ambiente de seguridad desde el que se ven actos perturbadores. No hay riesgo; lo mismo ocurre con el teatro, todo es ficción, no así con el performance, donde su condición es la espontaneidad. ¿Qué pasa cuando se mezclan estas prácticas?

Lanthimos hace que el espectador se pregunte por la veracidad de los hechos, desplazando a los personajes a un segundo plano, tal como hace con el lenguaje visual que utiliza en varias secuencias, con poca profundidad de campo y con un punto de fuga en el que no está ningún actor. Las sensaciones de la película de Lanthimos son distintas en el panorama del cine actual, produce la desazón de lo que ocurre frente a un condicionamiento que obliga a acatar las órdenes del que dirige la representación.

por @CarlKarlRoNa